La Primavera

AMALIA FERNÁNDEZ HEREDIA, Amalia La Gitana

Tras la obtención de la primera medalla en la Exposición Nacional de Madrid, en 1908, al pintor le llovieron los encargos; tuvo necesidad de hallar nuevas modelos que poder pintar; a Romero de Torres le gustaba recor­dar cómo conoció a Amalia Fernández Heredia, su nueva modelo .Estando entado en la terraza del Casino de Labradores, en el Paseo del Gran Capitán, esquina con la calle Gondomar, oyó a un rico terrateniente comentar a su criado ante el pasar una joven: A esa morena, trótamela. Antes que callese en manos del ricachón, Julio Romero, se acercó a ella, y a, la abordó diciéndole: A mí me gustmia pintarla a usted; soy Julio Romero. De este modo llegó Amalia a su vida, Amalia La Gitana, como popularmente se la conocía en los tablaos de Córdoba. Había nacido el  11 de febrero de 1888, hija legítima de Julián Fernández y de Carlota Heredia. Huérfana desde los ocho años, muy pronto tuvo que trabajar para ayudar a la familia; de día recogía cartones por las casas y negocios, y de noche formabaMalagueñas (h. 1912) parte de un grupo flamenco para animar cabarés y saraos.

«Amalia se convirtió en una de las modelos más representadas de toda su producción, unas veces sola y otras formando parte de composi­ciones. En más de diecisiete ocasiones la llevó a los lienzos. Cobraba la misma cuota que impuso Ana López de quince reales diarios, suma excepcional para aquella pobre gitana que vivía en un modesto cuarto de una casa de vecinos en la plaza de la Alhóndiga. Su vida se iluminó, y la ilusión comenzó a ser moneda de cambio entre el pintor y la modelo. En una de las primeras obras que le dedicó, Las niñas de la Ribera, la sonrisa de Amalia se hace protagonista; esa sonrisa difícil de encontrar en los lienzos del maestro, que habitualmente rodeaba a la mujer de esa enigmática atmósfera de silencios. De pie en la composición, señala airosa el paisaje único que se abre ante ella: el Guadalquivir a su paso por Córdoba con la Mezquita entre naranjos al fondo. Esa misma sonrisa sería el pretexto para retratarla en lienzo de pequeño formato con el pecho al des­nudo y una manzana, como una Eva racial y sugerente.
 
En 1912, cuando expone su monumental cuadro La consagración de la copla, sitúa a Amalia como eje central de la escena simbolizando a la copla. De perfil y sostenida en la guitarra hace una genuflexión para ser coronada de laurel. El lienzo, presentado bajo forma de retablo, reúne diecisiete figuras, entre las que se destacan los toreros Rafael González Machaquito vestido con traje de luces y Rafael Molina Lagartijo quitándose el som­brero, junto al propio Julio Romero que aparece en la escena fumando. En primer plano, la bailaora Pastora Imperio; a su lado, con las manos unidas co­mo en una plegaria, la cantaora Carmen Casena; junto a ellas se identifica a jóvenes cordobesas amigas de las hermanas e hijas del pintor: Socorro Miranda, Aurora Guerrero y Rafaela Ruiz Lubián, a la que situó vestida de monja y arrodillada. A la izquierda de la composición aparecen, entre otras, Ana López y la actriz Adela Carbone. Entre 1913 y 1914 realiza el políptico Poema de Córdoba, en el que Amalia encarna el tercer panel, correspondiente a la Córdoba judía; no podía el pintor haber elegido mejor modelo para representar una de las culturas que se asentaron en la ciudad.

Amalia es el personaje que anima Alegrías, del Museo del pintor en Córdoba, ese cua­dro enigmático por el enfoque tan dispar al título; en él no existe ni jaleo ni juerga, y las figuras que lo integran permanecen ausentes al sentido del mismo. Julio Romero retrata a su hija Amalia extrañamente tumbada en el suelo, ajena a lo que la rodea. La bailaora cata­lana Julia Borrul inicia un paso de baile ante el sonido de la guitarra que toca el hijo de Carmen Casena. Alegrías tristes. Sólo las palmas de Amalia La Gitana y la sonrisa abier­ta de la sobrina del pintor, Carola Romero de Tones, contribuyen el júbilo de la escena.

Los rasgos dramáticos de Amalia fueron constantemente aprovechados por el pintor para realizar composiciones de hondo sentimiento. Cuando en 1912La Saeta, detalle de Amalia La Gitana ilustra la cubierta del libro de Manuel Machado Cante hondo, no puede sustraerse al hechizo que el poeta anúgo transmitió en sus versos, y entre ellos eligió Malagueñas para expresar plásticamente las vibraciones que el flamenco le producía. El lienzo de igual título, refleja cómo Amalia, embargada de sentimiento, narra con su imagen una cualquiera de sus estrofas: "Cuando me miras, me matas. / Y si no me miras, más. / Son puñales que me clavas / y los vuelves a sacar".

Ese mismo dramatismo del rostro de Amalia es el que se refleja en Celos, una de las obras que más éxito obtuvo en Argentina en 1922, cuando se celebró la exposición en honor de Romero de Torres organizada por el marchante Justo Bou en la conocida sala Witcomb. En la muestra presentada en Buenos Aires, cuyo catálogo prologó Valle ­Inclán, Amalia aparece adoptando una figura forzada y dramática, el rostro crispado y en sus manos una navaja. Una imagen voluptuoa y sensual que se intensifica al presentarla con el seno al descubierto, zapatos de raso y medias de seda, tan habituales en sus obras. A1 fondo, una escena de amor justifica el títu­lo. Este lienzo, adquirido en 1922 por la fami­lia Jáuregui de Pradere, fue donado posterior­mente al Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

El gesto desgarrador de Amalia una vez más sirve de pretexto para que el pintor desarrnolle uno de los lienzos más espectaculares de toda su producción, La saeta. La influencia constante que ejercieron los hermanos Manuel y Antonio Machado se hace patente en la pin­tura literaria de Julio Romero en ese intento estético de constituirse en arquitecto de poe­mas plásticos. Las saetas, cantes derivados de la toná, como indicaron Ricardo Molina y Antonio Mairena, suenan a sinagoga, Islam y gregoriano. Romero de Torres rinde un homenaje al cante que reúne en sí la máxima devoción y la más terrible desesperación. La expresión de la Semana Santa en la plenitud del senti­miento y hondura de su tragedia. Tomó como fuente de inspiración la antigua y popular saeta cordobesa al Santo Cristo de Gracia: "¡Oh Santo Cristo de Gracia!, / volved la cara atrás; / dadle a los ciegos vista / y a los presos libertad".

El pintor resuelve la escena,Mal de Amores, Amalia La Gitana desplazada a segundo plano de marcado acento barroco, situando en el centro de la composición a Amalia vestida con traje negro y mantilla ante un rico reclinatorio. Eleva sus manos y rostro al cielo en actitud de plegaria; a sus pies, los más desvalidos y menesterosos de la fortuna a los que alude la saeta, la rodean. Dos pasos procesionales, la Virgen de los Dolores y el Santo Cristo de Gracia, conocido popularmente como El Esparraguero, se sitúan ante un paisaje urbano de casas solariegas cordobesas.

La saeta fue la estrella de la exposición que Romero de Torres realizó en Bilbao en 1918 en los salones del Majestic-Hall promocionada por la familia Soltura. Toda la obra expuesta se vendió, recibiendo además numerosos encargos que lo retuvieron por unos meses en aquella ciudad. El lienzo fue adquirido por la coleccionista vasca Concepción Larrañaga, y desde 1990 se exhibe en el Museo Diocesano de Bellas Artes de Córdoba, tras su adquisición por la entidad financiera Cajasur.

Cuando Amalia empezó a perder lozanía, la situaba en segundos planos como refe­rente de la madurez, como es el caso de Marta y María. La tez pálida y serena de Rafaela Ruiz Lubián contrasta con el gesto dramático y sensual de Amalia Fernández Heredia. El lienzo se exhibió con gran éxito en la Exposición de Pintura Española de 1919, en Londres. El mismo contrapunto observamos en Conjuro, encargo que el Casino de Madrid le hizo para decorar el salón de columnas.

A medida que el cuerpo de Amalia se fue deteriorando el pintor redujo su campo de expresión sólo a su rostro. Los resultados fueron espléndidas obras como Judit, y las dos versiones que se conocen de Salomé y Cabeza de santa, donde las respectivas cabezas cortadas que aparecen corresponden a los peculiares rasgos de Amalia. Julio Romero siempre tuvo presente a aquella pobre gitana que le sobrevivió 46 años, años de penuria y tristeza desde la muerte del pintor en 1930.»

Fuente:
  • Valderde Candil, M.: Las mujeres de Julio Romero, Colección Córdoba, Diario Córdoba-Cajasur, Córdoba, 1996, pp. 27-30.
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